LA VERDAD SOBRE LA LEY DE COSTAS (incluida en el informe auken)

"A NUESTRA COSTA" de Yeray Gonzalez. Un documental politicamente incorrecto

A Nuestra Costa (2012) from Antidoto Sonoro on Vimeo.

viernes, 30 de enero de 2026

El dilema: ¿el mar avanza o la costa retrocede? JAVIER CREMADES PERIS

 El “avance del mar” como coartada para desviar la atención del verdadero origen de la regresión de nuestras playas 


Durante los últimos años se ha repetido hasta la saciedad que «el mar avanza» para justificar la regresión de playas, la desaparición de arenales, deltas y la creciente fragilidad del litoral. La frase suena rotunda y cómoda: parece describir un fenómeno inevitable ante el que solo cabe resignarse. Sin embargo, ese enunciado es tan habitual como impreciso.

Estos espacios no son estáticos. Funcionan como sistemas vivos que dependen de un proceso bien conocido: los ríos transportan arenas y gravas desde el interior, las corrientes marinas las redistribuyen a lo largo de la costa y los temporales las desplazan. Cuando ese sistema funciona, el litoral tiene capacidad de adaptación incluso frente a episodios extremos o a la subida progresiva del nivel del mar. Pero cuando se rompe —principalmente por la construcción de presas en los ríos y espigones en los puertos—, como está ocurriendo en gran parte de nuestro litoral, la costa se queda sin su “materia prima” y pierde terreno.

En ese contexto, nuestra costa retrocede de forma sustancial por causas humanas de ámbito local, al haber perdido el equilibrio natural que durante siglos la sostuvo. A menudo se atribuye esta regresión al aumento del nivel del mar asociado al cambio climático, pero su incidencia sigue siendo secundaria frente al déficit de sedimentos, como han señalado tanto el proyecto europeo EUROSION, elaborado para la Comisión Europea, como la propia ONU, que identifican la interrupción del transporte sedimentario como la causa central de la erosión costera, en un contexto hoy agravado por el cambio climático.

Sin embargo, este matiz suele desaparecer del discurso público en nuestro país. Y no se trata de una discusión semántica: hablar de “avance del mar” presenta el problema como algo inevitable, mientras que hablar de “retroceso de la costa” obliga a mirar decisiones internas y responsabilidades políticas que, por falta de voluntad política, han permanecido demasiado tiempo en segundo plano. Así lo vienen alertando desde hace años más de 50 asociaciones cívicas que integran el grupo de interés de la Generalitat Valenciana SOMOSMEDITERRANIA, que advierten del daño generacional que se está produciendo.

Conviene recordar un hecho esencial: las viviendas tradicionales y los paseos marítimos de municipios de la costa valenciana como Cabanes, Nules, Xilxes, Dénia o Guardamar del Segura, al igual que en otros puntos del litoral español, no se construyeron dentro del mar y se levantaron conforme a la legalidad vigente en cada momento. Sin embargo, hoy la Administración del Estado ignora las causas reales de la erosión para sostener que esos suelos debieron considerarse dominio público marítimo-terrestre y aplica por ello la Ley de Costas con carácter retroactivo sobre realidades urbanas consolidadas, dando lugar a órdenes de demolición o a la pérdida efectiva de los derechos de propiedad, sin una compensación justa y proporcionada, en los términos exigidos por el artículo 1 del Protocolo nº 1 del Convenio Europeo de Derechos Humanos.

Aquí aparece un punto clave: la diferencia entre cómo la jurisprudencia española ha venido interpretando estas situaciones y cómo lo hace la jurisprudencia europea en materia de derechos humanos. Aunque en España no se califiquen formalmente estos supuestos como “confiscación”, el enfoque europeo se fija en algo esencial: la propiedad no es solo un título legal, sino el derecho real a usarla, disfrutarla y conservar su valor.

Por ello, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha reiterado que, cuando una actuación pública priva de forma sustancial a una persona de ese contenido esencial sin una compensación justa y proporcionada, se vulnera el derecho de propiedad, con independencia del nombre jurídico que se utilice.

Dicho de forma clara, así se aplica hoy en España: cuando, mediante un deslinde, una propiedad privada pasa al dominio público marítimo-terrestre, el propietario pierde su título y, como “compensación”, recibe una concesión administrativa temporal para seguir usando lo que ya era suyo, ahora de forma limitada y revocable. El resultado es claro: pierde la vivienda y, además, debe asumir los costes de su demolición. No existe, por tanto, una indemnización económica real ni un derecho equivalente que sustituya al perdido.

A esta situación se suma una paradoja difícil de justificar. En marzo de 2024, el Senado aprobó por mayoría la toma en consideración de una reforma de la Ley de Costas para proteger los núcleos urbanos tradicionales del litoral con valor etnológico. Sin embargo, casi dos años después la iniciativa permanece bloqueada en el Congreso de los Diputados, pese a que la propia Cámara Baja aprobó su toma en consideración el 10 de junio de 2025, con 189 votos a favor y 155 en contra, para iniciar el debate de la reforma, mientras miles de viviendas continúan atrapadas en un limbo jurídico.

Para comprender la magnitud del problema, basta un ejercicio de empatía. Imaginemos que se aprueba una nueva ley urbanística y se aplica con carácter retroactivo en barrios consolidados de ciudades del interior y que, para adaptarlos a las normas actuales, se retira a los propietarios su título de propiedad para ensanchar calles o crear zonas verdes, ofreciéndoles como única “compensación” un permiso temporal para seguir viviendo en su casa hasta su derribo, asumiendo además los costes del mismo y sin indemnización.

La pregunta es inevitable: ¿lo aceptaríamos?

Proteger la costa y los asentamientos humanos es una obligación colectiva y, en contadas ocasiones, cuando no existe alternativa de protección o concurren razones claras de interés general, una vivienda puede llegar a demolerse. Pero un hogar no debería destruirse sin una compensación justa y proporcional. Cuando se sacrifican hogares en nombre del bien común sin reparar adecuadamente a quienes los pierden, lo que se resiente no es solo la costa, sino la calidad democrática de nuestras decisiones públicas.

https://www.levante-emv.com/opinion/2026/01/30/dilema-mar-avanza-o-costa-126187721.html